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Febrero 2004 Creatividad
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Leonardo da Vinci inventó un sistema, o escala de cucharitas, para medir diferentes colores. Pretendía así conseguir una armonización mecánica, dando a los colores utilizados el mismo peso para ser aplicados de esa forma al lienzo. Uno de sus alumnos intentó utilizar este recurso, y desesperado por no alcanzar el éxito, preguntó a un compañero como era que utilizaba las cucharitas el maestro en sus obras. El maestro nunca las emplea, fue la respuesta.


"autorretrato" © José Luis Quiroz

Cualquier creación artística debería ser hija de su tiempo, y madre de nuestros sentimientos, pretender revivir principios artísticos del pasado o tratar de imitar mecánicamente lo que otros realizaron con maestría puede dar como resultado obras de arte que sean como un niño muerto antes de nacer.

El espectador en general y muchos artistas, salvo sus excepciones, inconscientemente desea hallar en la obra de arte una simple imitación de la naturaleza que traiga consigo cierta interpretación o finalmente estados de ánimo disfrazados de formas naturales reconocibles por ellos.

El objetivo del artista ya no es la imitación de la naturaleza, ya no es la creación de calcomanías de la realidad, aunque sea artística, sino expresar su mundo interior, plasmar en su trabajo todo aquello de lo que está hecho, todo aquello de lo que se alimenta; a final de cuentas inevitablemente, todos somos lo que comemos, inclusive intelectualmente y por supuesto emotivamente.

El arte se puede ver como un triángulo que gira, lo que hoy es comprensible solo para la punta y resulta una tontería para el resto del triángulo, con el tiempo, conforme vaya girando se irá haciendo cada vez más comprensible y razonable para la generalidad. La verdad de anteayer fue sustituida por la de ayer y esta por la de hoy, así como la de hoy será derrocada por la de mañana. De esta forma ningún principio artístico es absoluto y para siempre, va respondiendo a su momento histórico e irán surgiendo nuevas propuestas que enriquecen la vida cultural de la sociedad.

Según Wassily Kandinsky existe un principio de creación llamado de la necesidad interior y que tiene su origen y está determinada por tres necesidades místicas:

  1. El artista, como creador, quien ha de expresar lo que le es propio (elemento de la personalidad).
  2. El artista, como hijo de su época, quien ha de expresar lo que es propio de ella (elemento del estilo, como valor interno, constituido por el lenguaje de la época más el lenguaje de su país, mientras éste exista como tal).
  3. El artista, como servidor del arte, quien ha de expresarse de lo que es propio del arte en general (elemento pura y eternamente artístico que pervive en todos los hombres, pueblos y épocas, se manifiesta en las obras de arte de cada artista, de cualquier nación y época y que como elemento principal del arte, es ajeno al espacio y tiempo).

Este último elemento en ocasiones domina demasiado nuestras creaciones desatendiendo a las dos primeras que según Kandinsky son mucho más importantes y se deben fomentar más.

La sumisión de la creación a la “academia” y la exigencia de una obra de principios y de medios de expresión propios de la época, conducen por falsos derroteros y necesariamente desembocan en confusión, oscuridad y el enmudecimiento del creador. Por eso, de los tres elementos que componen la obra de arte: la técnica, la estética y el contenido, este último es cada vez más importante.

El artista debe mostrarse ciego ante las formas reconocidas o no reconocidas, sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo; sus ojos deben dirigirse hacia la vida interior y su oído prestar únicamente atención a su necesidad interior. El arte actúa sobre la sensibilidad y por lo tanto solo puede actuar a través de ella.

Nos hemos acostumbrado demasiado a buscar coherencia externa de los distintos elementos que componen una expresión artística, el materialismo excesivo en el que vivimos ha conformado en nosotros una ceguera que nos hace incapaces de enfrentarnos simplemente a la sensibilidad de una obra y la descalificamos simplemente por nuestra incomprensión.

Hoy en día, en el campo de las artes plásticas se denomina como obra todo aquello que concrete un proceso mental o bien una actitud que desemboque en una “forma”. El artista ha de tener algo que decir, pues su deber no es dominar la forma sino adecuarla a un contenido.

Veamos hacia nuestro interior y demos a nuestros sentimientos un mayor valor específico en nuestras vidas; alimentemos mejor, lo que vemos, lo que leemos, lo que vivimos es lo que nos conforma como seres humanos sensibles.


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José Luis Quiroz

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